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El terremoto estremeció la tierra y el alma de Chile. Los días y las horas han desvelado la magnitud de la destrucción física y del sufrimiento humano. Muerte e impotencia. Dolor, mucho dolor. Ahora debemos socorrer a los damnificados. Evitar el pillaje cruel. Enterrar a los muertos y alzar techos provisorios.
Tenemos que entregar agua, comida y techo. Tan urgente como eso es el consuelo. Tiene que ponerse de pie un gran ejército de consoladores. Contra tanto dolor de Chile, no bastan unas frases pasajeras. El cataclismo nos estremeció hasta lo más hondo. Es natural que el miedo y la inseguridad del futuro nos acosen.
Fuerza, Chile, sí. Levanta, Chile, sí. ¿Pero de dónde sacar la energía para luchar y reconstruir? Cada persona y todo el pueblo tienen reservas morales. Pero ahora no son suficientes.
Con palabras de la Sagrada Biblia rezamos: “Aunque vacilen los cimientos de la tierra, yo no vacilaré, tengo puesta mi confianza en el Señor”.
Revisemos el Chile que estábamos levantando. El Chile que parecía tan bullante, ¿tenía alma suficiente? Se habían hecho muchos planes para este año del Bicentenario, pero el calendario de Dios era otro. Un Bicentenario con terremoto es un clamor para que pongamos el fundamento en una roca que no se mueve. Reconstruyamos nuestro país, pero no sobre arena. Este Chile del Bicentenario debe tener una base sólida. El alma fraterna de la patria nos debe mover ahora a ayudar con la mayor generosidad y la mejor eficiencia. El Chile reconstruido debe levantarse sobre Jesucristo, Única Roca, que resiste el embate de las fuerzas de la tierra y el estremecimiento de la desesperanza y de la muerte. ¡No hay Chile nuevo sin Cristo!
El clamor solidario de San Alberto Hurtado es hoy más apremiante que nunca: ayudar, dar hasta que duela. Alimentos, medicinas, vestidos, abrigo, casa. Pero también, consolar y acompañar. Consolar con el Evangelio, porque el dolor puede llevarnos a la amargura o transformarse en bendición. El sufrimiento puede ser la ocasión para una vida más auténtica de hijos de Dios y de chilenos hermanos.
Muchos necesitan ahora, en su desagarro, ser escuchados. Y precisan la acción eficiente, el gesto y la cálida palabra de ánimo. “Bienaventurados los que lloran porque ellos serán consolados”. No sólo al final, en el Cielo. Ahora hay que secar las lágrimas. Ahora hay que rezar por y con los sufrientes. Ahora hay que testimoniar la fe viva, la que nos muestra cómo Dios es siempre Padre verdadero y cómo en el dolor nos quiere más que nunca. Esa fe mira a Jesús, el único que podía librarse de la muerte y no lo hizo, para compartir lo más triste y oscuro de la existencia humana.
Necesitamos sacar alas para ir rápido a atender. Un Chile con alas. Unas alas rápidas y fieles para lograr todo lo que hay que hacer con fuerza, desde hoy hasta que tengamos levantadas todas las casas y todos los templos.
Padre Joaquín Alliende Luco
Presidente Internacional
Ayuda a la Iglesia que Sufre
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